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La acción de desinformar ha ido aumentando en los últimos años, con el objetivo de manipular la opinión pública. Entre los afectados se encuentran los jóvenes que parten de una educación digital, el entorno donde más se lanzan bulos y ‘fake news’. En el foco de las cadenas de mensajes se suelen encontrar el colectivo LGTBI o las personas migrantes, refugiadas o solicitantes de asilo. La mejor medicina para combatir esta ristra de falsedades e inexactitudes es la información y el conocimiento. Por ello, los expertos recomiendan siempre constratar toda la información que nos llegue de forma anónima o que nos llame la atención.

La desinformación se ha ido normalizando a lo largo del siglo XXI, hasta tal punto que no somos conscientes de la magnitud de la exposición que tenemos a diario con este fenómeno. Los grupos señalados suelen ser los más vulnerables, entre los que se encuentran las personas migrantes y refugiadas LGTBI por su interseccionalidad. Un punto que perjudica y trastoca la vida pública, además de ser perjudicial para la calidad democrática de un país.

Según un grupo de expertos independientes en el informe sobre noticias falsas y desinformación online que se publica en diciembre de 2018 contratados por la Unión Europea (el título del informe es ‘Un enfoque multidisciplinar a la desinformación’), la desinformación incluye todas las formas de información falsa, inexacta o engañosa diseñada, presentada y promocionada para causar daños públicos y obtener beneficio.

Por ejemplo, la ultraderecha española ha puesto, en varias ocasiones, el foco en los menores no acompañados, señalando que recibían 664 euros en España. Algo incierto, puesto que esa ayuda sólo es en Cataluña y no a menores no acompañados, sino a jóvenes mayores de edad, tanto españoles como no, que fueron tutelados por la administración, tal y como apuntan los compañeros de Maldita.es. Otro de los focos ideológicos de este sector es el colectivo LGTBI, ya que parten de “la protección de la familia natural” y se muestran contrarios a los derechos de la comunidad.

La discriminación se vuelve múltiple hacia las personas migrantes LGTBI, y es que su discurso es contrario, como comentábamos, a los derechos del colectivo y pone el foco en los ciudadanos españoles, situando a los migrantes como el “otro”, una técnica lingüística que desprende distancia y resta empatía. Otra de las cadenas más recurrentes por los desinformadores es la que, disfrazada de noticia, apunta a dos marroquíes de cometer una violación a un niño de 12 años en el Orgullo LGTBI de Sevilla. Un bulo desmentido por la Delegación del Gobierno de Andalucía y que salta a redes sociales y en cadenas de whatsapp cuando se acerca la fecha del Orgullo.

Vivimos en una época en la que la información se utiliza como arma social con el simple propósito de engañar y manipular a la gente en contra de los hechos que fácilmente se prueban reales. Con esto, creamos la percepción que los bulos son una cosa reciente, del siglo XXI, un hecho que es erróneo, ya que es una técnica que ya se utiliza hace milenios.

Ahora, más que nunca, en estos tempos controvertidos, tenemos que aprender su contexto social, la utilización macabra aportada en nuestra sociedad, y como combatirlos e identificarlos. La desinformación tiene un contexto social claro y evidente: romper la base de la
democracia para influir según los intereses, estigmas, prejuicios e ideologías de quienes crean su cadena. Tiene la finalidad de buscar los sentimientos más ocultos y primarios para confundirnos y hacernos actuar por impulso. Nos hace abandonar la razón a cambio de
soluciones fáciles y factibles (o aparentes). Con esta base en mente, la desinformación va acorde con los varios métodos de propaganda usados por varios grupos comerciales y políticos. Tanto en las estrategias militares (como las utilizadas en Rusia) como en los procesos electorales, distorsionando los datos sobre ciertas minorías o la salud (temas más sensibles para la población más privilegiada socialmente).
Uno de los primeros registros de bulos data en la época de la Roma Antigua, cuando Antonio César se encontró con Cleopatra. Su enemigo político, Octaviano, lanzó una campaña de difamación escrita en monedas, contra César. El transgresor se convirtió en el primer emperador romano y los bulos permitieron que Octaviano invadiera el sistema republicano de una vez por todas. Esto muestra cómo la desinformación fue usada para alcanzar un nivel político de una manera injusta y como la propaganda juega un papel clave en las elecciones.

Por otro lado, los medios de comunicación, por regla general, suelen –o deberían- velar por los intereses de la ciudadanía, desmintiendo los datos vertidos en las cadenas de desinformación, a pesar de que algunos periódicos, televisión o radios se hacen eco de estas noticias por problemas de recursos, tiempo o intereses ideológicos. Las redes sociales son decisivas para la difusión de la desinformación porque son globales (involucran todo el mundo), son veloces y porque pueden hacer microtarget. Las redes sociales permiten personalizar la información que se difunde a determinados grupos de población. Es cierto que la desinformación erosiona la confianza en las instituciones y en los medios de comunicación. La falta de noción en la existencia de la desinformación está afectando a la imagen que tenemos de ellos y eso nos afecta a la hora de tomar decisiones porque se está viendo que la desinformación respalda opiniones extremistas.

El digital Mediterráneo Digital publicó que el Ministerio de Sanidad había alertado de que el VIH se iba a disparar durante el Orgullo LGTBI en 2019. Algo completamente incierto, puesto que la cartera afectada jamás expresó tal alerta.

Dentro de este contexto se identifican a tres tipos de operadores que tienen especial responsabilidad: los dueños de las redes sociales (Facebook, Twitter), plataformas de intercambios de videos (YouTube, Instagram) y motores de búsqueda (Google). En definitiva, el aumento de la desinformación supone una grave amenaza para las democracias actuales y tiene que aumentarse la preocupación de la sociedad civil y su concienciación del peligro que supone para los límites de los derechos fundamentales como son la libertad de opinión y la libertad de información. No son información, sino bulos.

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Tránsito Combatiendo la desinformación (I): historia y contexto en el siglo XXI