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En aquella época yo no era más que el típico empollón de instituto que apenas se relacionaba con los demás. Durante años había sufrido el acoso escolar y acababa de superar la anorexia recientemente. La mayor parte de la gente me parecía insulsa e inmadura. La llegada de Khaled, refugiado sirio algo mayor que yo, que se incorporó comenzado ya el curso, no podía más que despertar mi curiosidad. Por fin alguien diferente, me dije. El tutor decidió que yo, alumno aventajado, podría ayudarlo en su adaptación al instituto y en el aprendizaje del español. Así pude descubrir el horror de la realidad de la que huía, una guerra civil cruenta, y el angustioso periplo de su familia hasta obtener refugio en España. También pude confirmar la sospecha de que, como yo, era gay. Puede sorprender que desde hace un año su familia más cercana estuviera al tanto de su orientación afectivo sexual. No es que no fueran musulmanes practicantes, sino que tantas calamidades vividas les habían acostumbrado a no dar a los problemas más importancia de la debida. También era cierto que seguían una formación en valores y que allí les habían enseñado que toda persona merecía respeto.

Por todo esto, a su familia lo único que le preocupaba es que Khaled pudiera salir adelante en su país de acogida y que viviera su vida a su manera. Discretamente, claro. Yo, en cambio, aún no había logrado aceptarme. Una vez conocidaa por el otro nuestra triste historia, una vez comprobado que Khaled no tenía grandes dificultades para seguir el ritmo de la clase, no parecía justificado que pasásemos tanto tiempo juntos, pero se ve que algo profundo estaba germinando. Amistad, amor quizás. A pesar de ser mucho más abierto y decidido que yo, no fue Khaled quien se atrevió a dar el primer beso. Según me dijo después, sentía el deseo de hacerlo, pero no quería forzarme a hacer algo para lo que quizás yo no estaba preparado. Fui yo quien lo hizo, de manera brusca y torpe, para felicitarlo por una buena nota delante del resto de la clase, que no se esperaba ese tipo de reacción en un chico tan introvertido como yo. Hubo risas, sí.

Esa misma mañana, encontrado un lugar adecuado, un refugio, Khaled me instruyó en el arte del beso. A los besos siguieron las caricias, el descubrimiento del cuerpo del otro, el placer compartido y las lágrimas. No sé decir si eran exactamente lo que se entiende como lágrimas de alegría. En parte sí, supongo. También llorábamos por los golpes recibidos y las heridas autoinfligidas. Era un alivio no tener que dar explicaciones ni luchar contra la incomprensión del otro. Sólo sentía.

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Tránsito “Nuestro refugio”, por César G, microrrelato ganador del concurso #MiPrimerBeso